Nosotros, seres humanos, frágiles y
perecederos, nacemos para morir. Durante toda nuestra vida nos
dejamos el alma para que nuestro espíritu siga unido a nuestro “yo
material”.
Nacemos, luchamos por no morir, no lo
conseguimos y fin del camino. Todo lo que hacemos tiene un fin común:
sobrevivir, y al final, todo ese esfuerzo acaba por ser inútil.
Intentamos ser felices. ¿Por qué? Sin
felicidad, hay depresión. Teniendo depresión, en el peor de los
casos, se llega al suicidio y el suicidio, es sinónimo de morir.
Tenemos cuidado, evitamos experiencias
fuertes. ¿Por qué? Si no vamos con cuidado, corremos riesgos. Todo
riesgo, puede tener accidentes y los accidentes, en el peor de los
casos, son sinónimo de muerte.
Nos ilusionamos. ¿Por qué? Porque
somos ridículamente impulsivos, no pensamos en que si nos
ilusionamos, nos pueden cortar las alas, provocando dos efectos:
pérdida de la felicidad y bajamos la guardia pudiendo correr
riesgos. Como ya he dicho, esos dos sucesos, en el peor de los casos,
son sinónimo de muerte.
Dicho esto, podemos pensar dos cosas:
1-La primera, más esperanzadora y
menos realista: solo morimos en el peor de los casos.
2-La segunda, más realista: morimos
siempre. Pase lo que pase. Hagamos lo que hagamos. Evitemos lo que
evitemos, vamos a morir, así que:
¿Por qué no dejarse sucumbir por el
dulce canto del descanso eterno? Nada de volver a sufrir. Nada de
volver a llorar. Solamente felicidad.


