Una vez, una persona, de
esa que vive en todos los lugares y en ninguno a la vez, me contó
una historia. Era una de esas que no dicen lo que quieren decir. Esa
persona, que bien podrías ser tú, querido lector,empezó el relato
con un brillo de emoción en los ojos y, al acabar la narración en
su rostro se podía apreciar el paso de millones de momentos, de
millones de recuerdos.
Bien, sin más prólogo
que esta breve introducción, os cuento la historia.
Esta historia se
desarrolla en un tiempo no muy lejano y tiene lugar en una manzana.
La Manzana. Era
roja, hermosa e imperecedera. Colgaba de una de las ramas de un árbol
junto con otras como ella, sin embargo era esa manzana la que más
destacaba. Llamaba la atención por su brillo, su color,...y por sus
habitantes. Sí, y es que, en esta manzana vivía una comunidad de
gusanos. No os creáis que por eso era más fea, o estaba
descompuesta. ¡Qué va! Al contrario. De vez en cuando se veía una
pequeña larva que visitaba el exterior por primera vez y cuando esto
ocurría, era algo digno de ver.
Bueno,
el caso es que todos los gusanos vivían en paz en la cavidad de La
Manzana.
Era una especie de cueva que habían construido entre todos y cuyo
único conducto de salida era un agujero por el que cabía un
habitante gordo o dos delgados. En La
Manzana
cada uno tenía su tarea asignada: unas salían a recoger víveres y
otros se quedaban dentro, ocupados limpiando. Cada uno sabía lo que
tenía que hacer, y lo hacía. Por eso funcionaba la Comunidad de La
Manzana.
Todo era prácticamente perfecto hasta que, un día que hacía mucho calor, un gusano horrible y despiadado irrumpió en La Manzana. Entró sin pedir permiso a sus habitantes, rompiendo la entrada a causa de sus dimensiones. Cuando los gusanos le pidieron amablemente que se fuera, él se reía y les pinchaba con una ramita que llevaba atada al cinturón. Y así, en poco tiempo, el gusano feo se hizo con el control de La Manzana.
Todo era prácticamente perfecto hasta que, un día que hacía mucho calor, un gusano horrible y despiadado irrumpió en La Manzana. Entró sin pedir permiso a sus habitantes, rompiendo la entrada a causa de sus dimensiones. Cuando los gusanos le pidieron amablemente que se fuera, él se reía y les pinchaba con una ramita que llevaba atada al cinturón. Y así, en poco tiempo, el gusano feo se hizo con el control de La Manzana.
Los
gusanos se dividieron: los que apoyaban al gusano gordo y los que se
oponían a su mandato. El que había tomado el poder fue provocando
fugas y huidas. No dejaba que nadie saliera a recoger alimentos.
Decía que para algo tenían las paredes de la manzana. Y así, poco
a poco, con disputas y enfrentamientos,
La Manzana
se fue pudriendo y pasó de ser el mejor fruto del árbol a caerse al
suelo, medio acabada y en proceso de putrefacción. Y todo a causa de
ese gusano que irrumpió en La
Manzana.
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